Ajeno a todo, vagabundo tú,
alargaste tu mano a mi paso,
ajeno a los barcos y a la luz
de la sonrisa que hoy partían;
tu cerebro, tu barba, tu destino
anclado en las nieblas de aquel
banco, impregnado en alcohol,
asomando la frontera de la vida
de aquella plaza de verano
donde niños y madres sonreían
al sol, al cielo azul, al pasear
hasta el borde cada día.
Ajeno a todo, vagabundo tú,
me pediste un chupa chup,
un poco de lúcida dulzura,
muleta de un momento,
para seguir arrastrando
unicornios en los sueños,
descalzo en el camino,
en tu mochila con tu mundo
muy, muy dentro.